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miércoles, 9 de diciembre de 2009

La expedición holandesa de Van der Doez.


LOS ANTECEDENTES


   Durante el gobierno de Felipe II, los Países Bajos y España entraron en un conflicto bélico cuyos orígenes se encuentran en cuestiones de índole ideológica, religiosa y política. Sin embargo el proceso de expansión económica comercial de la República de las Provincias Unidas, la controversia hispano-holandesa adopta a finales del siglo XVI cada vez más el carácter de un conflicto económico. Tras la muerte del Rey Portugués Sebastián I sin herederos, el Rey Felipe II hace valer sus derechos al trono en la batalla de Alcántara en 1581, la incorporación de Portugal al imperio Español supone un problema para el boyante comercio holandés, ya que los embargos impuestos al comercio holandés en América se ampliaba ahora a todo el extenso territorio portugués lo que comprometía seriamente el comercio con las Indias Occidentales.

   Bajo estas circunstancias el Almirantazgo holandés toma la decisión de llevar el conflicto a territorio español con el envío de expediciones que tendrán no solo un marcado carácter militar, sino la intención de establecer un asentamiento que garantice el comercio con la metrópoli. La expedición es financiada en gran parte por comerciantes de las Provincias Unidas con la esperanza de conseguir un gran botín con el que recoger beneficios.


   El 24 y 25 de mayo de 1599 se reunieron en las aguas de Wielingen, cerca del puerto de Flesinga, 73 embarcaciones de las provincias de Holanda y Zelanda. La armada, de unas dimensiones hasta entonces desconocida en la República, se agrupaba en tres escuadras con banderas insignias naranjas, blancas y azules. La escuadra naranja la comandaba el propio almirante Pieter Van der Doez que navegaba en el navío Orangieboom. La escuadra blanca estaba bajo las órdenes de Jan Gerbrantsz, y la azul llevaba como vice-almirante a Cornelis Gleyntsz van Vlissinghe. El 28 de mayo zarparon los navíos rumbo sur con la intención de acometer a los enemigos españoles en sus propias aguas, cortar las comunicaciones entre España y sus territorios de ultramar y aprehender barcos españoles y portugueses que se cruzaran por el camino.


PRIMERAS APROXIMACIONES


   Tras una navegación sin incidentes, esperaba el almirante holandés tener el factor sorpresa de su lado. El 11 de junio emprenden un ataque al puerto de La Coruña. El objetivo principal es saquear toda la ciudad, destruir las embarcaciones fondeadas y tomar la flota que se encontrara en puerto. Nada pudieron hacer al encontrarse los españoles sobre aviso y preparados para resistir el ataque. Ante este fracaso, el holandés decide poner rumbo a Sanlúcar de Barrameda con el fin de coger por sorpresa la ciudad, pero tampoco se pudo llevar a la práctica ya que todas las guarniciones locales habían sido puestas en alerta. Frustrados sus planes en la Península habiendo perdido la ventaja de la sorpresa, toman la decisión de atacar al archipiélago canario al suponer que a tal distancia no habían llegado los avisos de alerta y que los medios de defensa serían inferiores. Tras haber navegado alrededor de Lanzarote y Fuerteventura, objetivos demasiado pobres para su misión, el 26 de junio de 1599 aparecen ante la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.

   Esa mañana, desde la montaña de Arucas, se pudieron vislumbrar varias columnas de humo que se elevaban desde la bahía de la Isleta en la capital de Gran Canaria. Pronto se oyó algún que otro cañonazo, señales convenidas tiempo atrás para avisar a las poblaciones vecinas de la presencia de naves sospechosas que se acercaban a la costa. Setenta y tres naves holandesas al mando del Almirante Pieter Van der Doez se presentaban a las playas de Las Palmas de Gran Canaria con afán de conquista. La flota de invasión la completaban unos diez mil hombres entre infantería y marinería, una expedición bastante numerosa teniendo en cuenta que la población de Las Palmas de Gran Canaria en aquella época no pasaba de los mil trescientos habitantes.


   Pronto comenzaron a resonar las campanas de la iglesia de Arucas congregando a las milicias a toda prisa armadas con arcabuces, espadas, hachas, azadas y garrotes. Al mando del capitán Clemente Jordán y por el cura Fray Alonso Montesa se pusieron rumbo a la capital observando que por la costa ya se aproximaban los batallones de Gáldar y Guía dispuestos a unirse en la defensa.

   Van der Does dedujo que la agitación que observaba en la ciudad indicaba que los canarios estaban dispuestos a defenderse y que habían comenzado los preparativos para impedir el desembarco. Lo cierto es que meses antes a través de los comerciantes ya se tenían noticias tanto en Canarias como en la Península, de la existencia de un plan Neerlandés de invadir territorio de la Corona española. Por este motivo se habían preparado bien las milicias y abastecidas las fortalezas de la isla.


EL DESPLIEGUE

   En la ciudad se organizaba la defensa, las compañías se concentraron en la Plaza de Santa Ana, así como la artillería de que se disponía, compuesta por nueve cañones pequeños, sin contar los de las fortalezas que defendían la ciudad.

   El Gobernador y Capitán General, Alonso de Alvarado, decidió evitar el desembarco enemigo en el puerto, tal como se había conseguido cuatro años atrás frente al ataque de la flota de Francis Drake. Se preparó la defensa en el istmo, que por entonces estaba formado por un sistema de dunas sobre el que hoy se asienta la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Las escasas fuerzas defensivas se situaron en las trincheras de Santa Catalina, emplazándose en ambos extremos las fortalezas de la Luz y de Santa Ana. Las compañías de milicias acudieron de toda la isla a colaborar en la defensa, Arucas, Guía, Galdar, La Vega, Telde y Aguimes. Entre las fuerzas destacaba un cuerpo especial capitaneado por el obispo de Canarias, Francisco Martínez de Ceniceros con sus canónigos, inquisidores y frailes franciscanos y dominicos. Cada uno de ellos portando su arma. Desde la muralla se dedicó a arengar a las tropas en la defensa de la ciudad.

   Los navíos holandeses se habían situado en posición de combate, con 150 lanchas de desembarco preparadas para el ataque. Entre las 9 y las 11 de la mañana hubo un intenso cañoneo entre la artillería del castillo de la Luz y la de los barcos holandeses, varios de los cuales sufrieron graves daños. El fuego de los barcos enemigos se concentró en la fortaleza, lo que intimidó al alcaide, quien ordenó cesar en los disparos contra los atacantes. Esto permitió a los navíos holandeses acercarse más a tierra y batir la costa con sus cañones.



EL DESEMBARCO

   Hacia las once de la mañana los holandeses avanzaron en sus lanchas tratando de tomar tierra en el desembarcadero del puerto, pero la defensa de las compañías isleñas y de la pequeña artillería, allí desplazada, impidieron esta primera intentona. El último disparo de la fortaleza de la Luz logró hundir dos lanchas. Después de bombardear la costa una vez más volvieron los holandeses al ataque. Pretendieron ahora hacerlo por la caleta de Santa Catalina pero éste era el lugar mejor defendido por los milicianos que los rechazaron causándoles numerosas bajas y daños. Otros dos intentos (uno más al norte de la playa y otro en el desembarcadero) fueron también repelidos merced a la heróica defensa de las compañías y artilleros.

   Creyeron los canarios haber impedido que los atacantes tomaran tierra. Sin embargo, Van der Doez decidió intentar un quinto desembarco eligiendo para esta ocasión un punto de la costa de difícil acceso por mar y que por este motivo carecía de trincheras y defensas. Los canarios acudieron a este sitio, luchando a pecho descubierto y sin nada en que parapetarse. Se entabló un duro combate, y, aunque se consiguió dispersar y eliminar al primer grupo de holandeses que llegaron a tierra, la gran oleada de lanchas, protegidas por el fuego de los barcos alcanzó la orilla. Se desarrollaron en este lugar incontables hazañas y actos heróicos. Uno de ellos lo protagonizó Cipriano de Torres, capitán de la Compañía de la Vega, quien observando la llegada de la lancha que transportaba al propio Almirante se dirigió resueltamente hacia éste, que se cubría de pies a cabeza con una armadura y le asestó tres golpes de lanza que lo tumbaron haciéndole caer al mar. Van der Doez fue auxiliado por sus soldados que dispararon a quemarropa sobre el valiente defensor.

   Ya en este combate los canarios tuvieron numerosas bajas, el propio gobernador y capitán general resultó gravemente herido, siendo trasladado a la ciudad. Su lugar fue ocupado por el teniente de gobernación Antonio de Pamochamoso. Alonso Alvarado murió el 20 de agosto a consecuencia de las heridas.


FIN DEL DESEMBARCO Y ASEDIO A LA CIUDAD


   Finalmente, a costa de numerosas bajas, pusieron pie en tierra los atacantes. Los milicianos isleños se retiraron del istmo, replegándose lentamente hacia la ciudad. A su vez los holandeses desembarcaron el conjunto de sus fuerzas que sumaban más de seis mil hombres. Al anochecer de ese día 26 avanzaron por los arenales en dirección a Las Palmas de Gran Canaria formados en escuadrones. Antes habían conseguido la rendición de la fortaleza de la Luz apresando a sus ocupantes. Mientras, en la ciudad, se organizaba la defensa. La Audiencia emitió un bando para que todos los hombres disponibles se congregaran en torno a la muralla, las piezas de artillería salvadas del puerto fueron colocadas en el cerro de San Francisco y la fortaleza de Santa Ana se dispuso a entrar en acción. Los ancianos, mujeres y niños abandonaron la ciudad y se dirigieron a la Vega, en el interior de la isla, llevándose lo más valioso de sus propiedades y enseres.

   Al acercarse los invasores, la pequeña fortaleza de Santa Ana disparó sus cañones haciendo blanco en la vanguardia holandesa, lo que les obligó a retroceder. Al oscurecer cesó el combate.



   El asedio continuó al día siguiente. La defensa se centró en la muralla de Triana, en el torreón de Santa Ana y en las posiciones del cerro de San Francisco. Pamochamoso emplazó en este un nutrido grupo de defensores, dada la posición estratégica de la colina que, además permitía hostigar desde allí el campo enemigo. El enemigo se había emplazado en trincheras y parapetos en los arenales. Sus intentos de atacar la ciudad por San Lázaro, al norte, fueron abortados por los defensores. Durante el día fueron colocando piezas de artillería frente a la muralla, disparando contra ésta y haciendo frente al fuego de los defensores.

   El lunes los holandeses estaban decididos a culminar el cerco. Su número era muy superior a los defensores y estaban mejor armados que éstos. Dispusieron entonces de buena cantidad de artillería traída desde los barcos, incluyendo la tomada de la fortaleza de la Luz y la emplazaron en dirección al cerro de San Francisco sobre todo hacia el torreón de Santa Ana, parapetando las piezas tras los muros de la ermita de San Sebastian y el hospital de leprosos de San Lázaro que se encontraban fuera de las murallas.

   La fortaleza de Santa Ana jugó un valeroso papel en la defensa de las murallas al mando del alcaide Alonso Venegas Calderón. Sus hombres se portaron heroicamente, pero al fin cayó bajo el intenso fuego enemigo. Se cuenta que ya sin munición disparó las llaves del fortín contra los holandeses. Aunque parece más cierto que el alcaide había lanzado las llaves al mar para dar a entender a sus hombres que la única opción era resistir.

   Al fin la ciudad cayó en poder de los holandeses hacia la una de la tarde. Las autoridades y los defensores evacuaron la villa y se marcharon a la Vega de Santa Brígida, en donde se establecieron los días siguientes. Durante toda la tarde las tropas invasoras se entregaron al saqueo. Poco les reportó el vandalismo excepto un poco de plata que encontraron oculta en la catedral.


LAS NEGOCIACIONES PARA LA CAPITULACION


   El martes 29 de junio los holandeses enviaron una primera expedición militar a la Vega que fracasó al verse hostigada por grupos isleños dejando los invasores veinte muertos en el camino . Por la tarde remitió Van der Doez dos emisarios a los isleños refugidados en la Vega. Fueron dos prisioneros canarios, quienes expusieron a la Real Audiencia y a Pamochamoso, las condiciones que exponía el invasor. Para dialogar fueron remitidos el canónigo Bartolomé Cairasco de Figueroa y el capitán Antonio Lorenzo.

   Con un fondeadero estable para la armada y con la tropa desembarcada la situación de Van der Doez podría parecer idónea, pero la realidad no era esa. Con las milicias canarias esperando fuera de la ciudad, bien atrincherada, la ciudad no podría mantenerse. Si el almirante quería tomar definitivamente la ciudad tendría que terminar con las milicias y conquistar la isla.

   El ultimátum del holandés fue el siguiente: cuatrocientos mil ducados, a los que debía añadirse el tributo anual de otros diez mil o, a cambio, otros cien mil ducados. Los canarios dilataron las negociaciones. Habían tenido conocimiento de que la flota de la Nueva España pasaba próxima a las islas en su viaje a las Indias, por lo que se consideró oportuno entretener a los holandeses en una negociación que nunca se llevaría a efecto. Con ello se mantenía a las naves holandesas en el puerto de la Luz, dando tiempo a que la flota española se alejase de las aguas del archipiélago. Durante estos días los isleños continuaron inquietando y hostigando a los centinelas y avanzadas del ejército holandés. Indignado el Almirante ante la negativa a aceptar sus exigencias amenazó con pasarlo todo a fuego y cuchillo, y señaló la fecha del 2 de julio para el pago del rescate o arrasaría la isla.

LA BATALLA DEL MONTE LENTISCAL


   Ante la falta de respuesta de los canarios, las fuerzas holandesas recibieron la orden de adentrarse en la isla. Avanzada la mañana del sábado 3 de julio de 1599 un potente ejército de unos cuatro mil hombres avanzó hacia la Vega. Marchaban distribuidos en cinco escuadrones con quince banderas. La formación invasora tenía como primer objetivo el hacerse con las riquezas de la ciudad, que suponían trasladadas y escondidas en la Vega. Los canarios, cumplidos sus objetivos, esperaban el momento del encuentro conocedores de la ventaja que les otorgaba el conocimiento del terreno.


   Las tropas holandesas, al mando del comandante Gerardt Storm van Weenen, llegaron hasta la altura del pago de Tafira bajo un fuerte calor y un sol abrasador, con una vanguardia de trescientos mosqueteros. Cansados y sedientos, los invasores llegaron a la entrada del Monte Lentiscal, en donde se extendía un frondoso bosque de árboles lentiscos, así como de mocanes y acebuches, propios de la flora canaria de la laurisilva. El comandante ordenó la detención de sus fuerzas antes de seguir adentrándose en el bosque e incorporó un numeroso contingente de hombres a la compañía de mosqueteros, formando un escuadrón de mil quinientos soldados al mando del capitán Diricksen Cloyer.

   Mientras tanto, una parte de los milicianos canarios atrajeron hacia el bosque a las fuerzas holandesas, que siguieron a los isleños adentrándose en la fronda. Hay que reseñar que los bosques de laurisilva configuran auténticas selvas impenetrables que dificultan mucho el tránsito y la visibilidad. Las fuerzas isleñas estaban integradas por unos pocos centenares de hombres, no más de quinientos. Envalentonados, los holandeses siguieron avanzando por el bosque, pero el calor continuaba haciendo estragos en aquellos soldados cubiertos de armadura y con equipo pesado, sin poder saciar su sed, ya que los isleños habían cegados los arroyos y acequias de agua.

   En el momento elegido para el ataque, el gobernador y capitán general en funciones, Pamochamoso, ordenó al alférez Agustín de Herrera Rojas enarbolar varias veces la bandera a la vista de los holandeses y al capitán Juan Martel Peraza de Ayala redoblar los tambores durante largo rato para intimidar al enemigo aparentando todo el despliegue de una gran batalla.

   Las fuerzas canarias, cuya vanguardia estaba integrada por las milicias de la Vega (grandes conocedores del terreno) al mando del capitán Pedro de Torres se lanzaron al ataque, hostigando tan hábil y valientemente a los holandeses, que inútiles sus mosquetes en la frondosidad del bosque, retrocedieron en medio del desorden y la confusión dispersándose entre la arboleda. El pánico cundió en las fuerzas invasoras, que sufrieron centenares de bajas dejando esparcido el campo de hombres y armas. El grueso de las tropas canarias se lanzó entonces en persecución de los holandeses que huían exhaustos.

   Al fin el primer escuadrón holandés pudo establecer contacto con el resto de ejército comandado por Van Weenen, emprendiendo la retirada dentro de un orden. Sin embargo una compañía holandesa quedó aislada, siendo atacada por los hombres de Pedro de Torres, quienes aprovechándose de su destreza en deslizarse por los riscos cayeron sobre los invasores, salvándose muy pocos integrantes de este contingente. Entre las bajas holandesas figuraba el capitán Diricksen Cloyer.

   De esta forma finalizó la gran expedición del ejército de Van der Doez al interior de Gran Canaria. En la batalla del Monte Lentiscal un reducido grupo de canarios enfrentados a un enemigo muy superior en número habían obtenido la victoria merced a su arrojo y valentía. El lugar en el que se produjeron los combates se conoce a partir de entonces con el nombre de Cruz del Inglés, ya que en principio se había confundido a los holandeses con ingleses.



HUIDA DEL EJERCITO INVASOR

   Sabiendo insostenible la situación, Van der Doez ordenó reembarcar a sus tropas no sin antes proceder a destruir todo a su paso, desquiciado por la humillante derrota que le habían infringido las milicias isleñas. En días anteriores había embarcado todas las campanas de las iglesias de la ciudad, buena cantidad de vino y de azúcar. Durante el reembarco prendieron fuego a los conventos, a las casas obispales, al Cabildo de la isla, a la Real Audiencia, a los castillos, etc. De la catedral sólo quedó su fábrica. Las milicias isleñas que entraron tras la partida de los holandeses se dedicaron a extinguir el fuego que consumió gran parte de las viviendas de la ciudad, fue el declive y la ruina de la capital de las Islas, tardaría trescientos años en reemprender su desarrollo y alcanzar su renovada importancia.

   Tras la huída precipitada de la capital, los holandeses se dirigieron hacia el sur de la isla haciendo aguada en una playa donde enterraron algunos de los heridos que había fallecido. Desde entonces se llamó Playa del Inglés.

   Atrás los holandeses dejaron más de mil cuatrocientos hombres entre muertos y heridos. Las bajas canarias no pasaron de las trescientas.

NAVEGANDO HACIA EL DESASTRE

   Tras dejar atrás la isla de Gran Canaria, los holandeses bordearon Tenerife y atacaron la isla de la Gomera. Sus habitantes también huyeron hacia el interior, pero Van der Doez consiguió un botín sustancioso. Sin embargo un grupo de isleños atacó una compañía holandesa que cargaba vino, azúcar y munición, acabando con ochenta de ellos. El Almirante ordenó quemar la capital por puro despecho.

   Después de abandonar el archipiélago canario Van der Doez decidió dividir la flota en dos. Jan Gerbrantsz al mando de treinta y cinco naves regresó a Holanda con el fruto de los saqueos. El propio almirante con el resto de la flota se dirigió hacia el Caribe a proseguir con sus tropelías. Atacó la isla portuguesa de Santo Tomé, donde se apoderó sin muchos contratiempos de la población de Pavoasán, así como de sus baluartes. El botín consistió en cien piezas de artillería, mil novecientas cajas de azúcar, mil cuatrocientos colmillos de elefante, algodón y otras mercancías, así como oro y plata en pequeñas cantidades. Sin embargo la flota holandesa se vio comprometida por otro acontecimiento más catastrófico incluso que el sufrido en Gran Canaria. La malaria provocó estragos entre la tripulación, entre las víctimas estaba el almirante Van der Doez. A comienzos de 1600 la flota regresa a Holanda, con las tripulaciones diezmadas. Un barco holandés fue capturado por una galera del capitán general de los Países Bajos españoles, con el puerto a la vista.

   Desde el punto de vista militar la expedición fue un fracaso, la reorganización de las defensas que había ordenado Felipe II habían dado sus frutos, y los holandeses no causaron ningún desperfecto a las colonias de ultramar españolas ni a las flotas y mucho menos lograron incomunicar los territorios españoles. Las bajas holandesas totales pueden calcularse en torno a los 2.000 hombres, casi un tercio de las tropas que embarcaron.

   Desde el punto de vista económico el resultado fue aún más desastroso. Las ventas de los productos saqueados reportaron más de treinta mil libras flamencas, un buen botín si se considera la evolución de los ataques. Sin embargo la totalidad de lo subastado se dedicó a indemnizar a los mercaderes venecianos, propietarios legítimos de la mayoría de los bienes robados en Canarias, con el fin de conservar la alianza entre las dos repúblicas. Lo más trágico de todo fue el hecho de que gran parte de lo robado tanto en Canarias como en Santo Tomé pertenecía a comerciantes de las Provincias Unidas, la expedición no logró siquiera cubrir los gastos del flete de los barcos y el aprovisionamiento de partida. El almirantazgo holandés había enviado a Van der Doez a atacar Gran Canaria y Santo Tomé para robar bienes de los propios holandeses.

   Para los españoles la expedición fue una gran victoria, el sistema defensivo funcionaba y anunciaba el principio del fin de los asaltos piratas a las posesiones españolas en ultramar. Sin embargo el poder hispano en el mar comenzaba a ser disputado por los holandeses, en Matanzas las Provincias Unidas conseguirían su preciada victoria.

martes, 8 de diciembre de 2009

La Batalla de Las Palmas. El ataque de Francis Drake a Las Palmas de Gran Canaria.


Eran arcabuceros y piqueros,
Y jinetes de costa valerosos,
Cuarenta ingleses matan los primeros,
Retirando los otros temerosos.
Conocidos del Draque sus accesos,
Y los pasos del puerto peligrosos,
Volvió la espalda e hízose a la vela
Que allí no le valió fuerza o cautela.
(La Dragontea, Lope de Vega)


   Los versos de La Dragontea del conocido poeta Lope de Vega ilustran a la perfección el heroísmo que desplegaron los isleños en la defensa de la isla de Gran Canaria, cuando los piratas Francis Drake y John Hawkins al mando de una poderosa flota compuesta por 27 buques y más de 2.500 hombres se presentaron en la bahía de Las Palmas con claras intenciones de poner su bandera en la ciudad.

ANTECEDENTES HISTORICOS

   En 1587 la Reina Católica de Escocia, María Estuardo es ejecutada. Felipe II, que llevaba preparando un ataque de castigo a Inglaterra, encontrando la excusa necesaria, ordenó el ataque. El Marqués de Santa Cruz y el Duque de Parma prepararon los planes de invasión en la operación combinada, la Armada Invencible estaba dispuesta. Estas noticias alarmantes llegaron a Londres. La Reina ordena a Drake armar rápidamente una flota y zarpar hacia España con el objetivo de destruir todos los barcos españoles que pudiera. Drake partió con 23 barcos y 2.000 hombres, por el camino se enteró de que la flota española aguardaba en Cádiz, sin pensarlo dos veces puso rumbo al sur, entró en la bahía de Cádiz por sorpresa y logró destruir o dañar seriamente a los barcos que allí estaban anclados. Por la mañana descubrió el barco del Marqués de Santa Cruz, Jefe Supremo de la flota capturándolo y destruyéndolo. Finalmente abandonó con sus naves la bahía de Cádiz sin pérdida alguna.


   Esta atrevida acción retrasó un año los planes de Felipe II contra Inglaterra. En 1588 finalmente la Armada se hace a la mar con los resultados por todos conocidos. Cuando la Gran Armada española llegó a las costas de Inglaterra, participaba Hawkins como Jefe de Escuadra de en la flota inglesa a las órdenes de Lord Howard de Effingham, Gran Almirante de la Flota de Altamar. Tras esta empresa Hawkins expresó su deseo a la Reina de retirarse en 1589. Sin embargo, dado el peligro que suponía Felipe II que a pesar del desastre sufrido ya estaba preparando una segunda Invencible para invadir Inglaterra, tuvo que continuar en activo con casi sesenta años.

   En 1595, enterada Isabel I de las dificultades económicas por las que pasaba Felipe II, a quien los banqueros habían retirado el crédito, acepta un plan propuesto por Francis Drake de enviar una poderosa flota a Panamá y destruir la ciudad de Nombre de Dios, donde se solía reunir el tesoro para su embarque hacia España. La importancia de esta empresa y su desconfianza sobre la obediencia de Drake obliga a Isabel a tomar la decisión de nombrar un mando compartido y para ello designa al ya cauto y cansado John Hawins para compartirlo con su discípulo y pariente Francis Drake.

   Mientras la Reina decide la salida, llegan noticias de que el buque principal de la flota del Tesoro está en Puerto Rico, lleno de plata y desmantelado por un temporal. La escuadra inglesa sale inmediatamente con las órdenes concretas de hacerse con el cargamento en San Juan de Puerto Rico y luego destruir Panamá y regresar a Inglaterra lo más pronto posible, ya que aún se temía un ataque a la propia Inglaterra. Nada más hacerse a la mar la flota en Plymouth, comienzan las diferencias entre Drake y Hawkins, que tanta importancia tendrían para el desenlace de la expedición.

   La Reina había aportado seis de sus mejores barcos: Garland y Defiance, gemelos del Revenge pero nuevos, el Buenaventure, Hope, Foresight y Adventure. El resto de la flota la componían mercantes, naos, hulks y pataches pertenecientes a comerciantes y compañías privadas.

   Como Coronel General del Ejército fue nombrado Thomas Barkerville, quien había demostrado su valía y llevaba consigo a tres valientes oficiales: sus dos hermanos Nicholas y Arnold y el joven Sir Nicholas Clifford.

   La fama de Drake de enriquecer a sus marineros es tal que a esta expedición se apuntan miles de voluntarios, y Drake toma algunos más de los autorizados. Esto da lugar al primer enfrentamiento de los dos jefes. A poco de dejar el Canal, Drake convoca a Consejo de Guerra en el Defiance donde expone sus quejas que consistían en tener más hombres en su escuadrón que Hawkins, a lo que éste contestó que si Drake se lo “rogaba” él los aceptaría en sus barcos. Drake, orgulloso, no aceptó la oferta.

   La segunda reunión la tuvo Hawkins sólo con aquellos capitanes que habían tenido nombramiento real, y en ella comunicó el objetivo de la escuadra, que era conseguir el tesoro español. Esta información secreta pasó a ser “vox populi” entre la tripulación y produciendo en Drake otro resentimiento por no haber sido informado. Una semana más tarde, y cuando la flota se encontraba a la altura de Lisboa, Drake llama a Consejo General a bordo del Defiance y propone que antes de ir a Indias se atacase a Madeira o a Gran Canaria. Hawins se enfurece, si Drake necesita agua u otras provisiones, él se las daría, pero el primer destino es Puerto Rico y no cumplir estas órdenes era una temeridad. Ambos almirantes casi llegan a las manos y sólo el paciente Baskerville permite que los ánimos se pacifiquen. La reunión se pospone hasta el día siguiente en la Garland donde Hawkins recibe al Consejo.


   La discusión continúa, pero Drake logra convencer a los oficiales que el ataque a Gran Canaria es la mejor solución. Hawkins acepta de mala gana. Las palabras entre ellos abren una brecha de malos sentimientos que repercute en el resto de oficiales. La mañana del 6 de octubre, casi al mes de haber salido de Plymouth, la escuadra anclaba a tiro de cañón de un fuerte situados al final de un alto y largo promontorio de la bahía de Las Isletas en Gran Canaria.

LAS DEFENSAS DE LAS PALMAS

   En 1595, la ciudad de Las Palmas contaba con más de un siglo de existencia, pues había sido fundada el 24 de junio de 1478 por los conquistadores españoles que incorporaron la Isla de Gran Canaria a los territorios de los reyes de Castilla. Lo que originariamente constituyó un simple asentamiento militar, en 1595 se había convertido en una ciudad capital, centro de una incipiente concentración de instituciones políticas así como de una importante actividad económica fundamentada en la exportación de caña de azúcar y en la fabricación de melazas para la exportación. Si bien la población hacia la década de 1590 no supera los cuatro mil habitantes, se crea por Real Cédula de Felipe II la Capitanía General de las Islas Canarias, se trata de un virrey con otro nombre que concentra el mando político, militar y judicial. Esta decisión de la Corona se explica en el marco de la reciente derrota de la empresa militar de la Armada Invencible contra Inglaterra.

   Torriani hace una sintética descripción de Las Palmas que nos permite hacernos una inmejorable idea de la ciudad en aquellos tiempos: “la ciudad es pequeña, solo de ochocientas casas. Descendiendo hacia el mar por el este, la atraviesa un pequeño río que sale entre dos montañas áridas que está a sus espaldas, la una a la mano derecha es llamada San Francisco, la otra menor a la izquierda Santo Domingo. El puerto está a unas tres millas de distancia en dirección norte, y en aquella parte el campo es arenoso y los montes cercanos desnudos y tétricos. En la parte del mediodía está una campiña fértil, con un pequeño castillo redondo (la torre de San Cristóbal) llamado de San Pedro Mártir que guarda una cala que está a su pie. La muralla roja en dirección norte es un lago lienzo de muralla, con dos baluartes en los extremos, el que está cerca del mar se llama Santa Ana. Hacia mediodía, la muralla es otro lienzo igual, que fue empezado para la defensa de la ciudad por aquella parte”.

   Sin duda el más importante edificio militar de la ciudad era el castillo de la Luz o fortaleza de las Isletas. Era el pilar defensivo de la ciudad ante los ataques exteriores, que en un alto grado de probabilidad provendrían de naves que arribasen a la bahía de la luz. Desde la fortaleza se batía toda la bahía y se dificultaba notablemente cualquier desembarco. La guarnición la componía cincuenta hombres que se turnaban de día y de noche en los tiempos de paz.

   Además de las murallas de la ciudad ya citadas, el otro bastión defensivo de Las Palmas lo constituía la todavía existente torre de San Cristóbal, entonces llamada de San Pedro Mártir. Situada al sur de la muralla del Mediodía.

   El otro torreón era el de Santa Ana, situado al extremo de la muralla Norte, en la ribera. En el interior tenía un alojamiento para el castellano y otras dependencias pequeñas para la guarnición, depósito de pólvora, etc.

   Se pensaba en un proyecto de mucha más envergadura que todo lo anterior, erigir una fortaleza en el cerro de San Francisco. Este proyecto quedaría pendiente hasta el siglo siguiente.

   El estado de las fortalezas y de la artillería de que disponían es bien conocido. En el Castillo de la Luz habían once piezas, el fuerte de Santa Ana disponía de siete piezas, mientras que el de San Pedro tenía cuatro piezas pequeñas. Los artilleros que las servían estaban pagados por el Cabildo de la Isla, quien estaba obligado además a la compra y mantenimiento de dichas armas.

   En abril de 1595 toma posesión como Gobernador Militar de la Isla el veterano militar Alonso de Alvarado y Ulloa que venía acompañado por su lugarteniente civil Antonio Pamochamoso.


EL ATAQUE DE DRAKE


   La escuadra inglesa arribó a Las Palmas en la madrugada del 6 de octubre. Una vez decretada la alarma, Alvarado decide de inmediato que la mejor táctica contra los invasores es impedir que desembarquen en las playas. De lo contrario, la superioridad militar aparente de aquella flota de la que no sabían su nacionalidad, significaba derrota segura.

   Hubo diferencias entre el Gobernador y el Regente de la Audiencia, pues este último a la vista de la imponente flota consideró que la mejor defensa era encastillarse tras las murallas y resistir allí la embestida. Sin embargo prevalece el criterio del Gobernador Militar. Una vez que se distribuye a las tropas en los distintos puntos de la marina, listas y preparadas para el combate, éste comienza a las doce del mediodía, cuando los ingleses abren fuego cañoneando a las tropas apostadas en la costa. La fortaleza de Las Isletas cañonea débilmente pues su Alcaide quería reservar los tiros para una ocasión más propicia.

   Antes, a las once de la mañana se adelantó de la Armada fondeada, una pequeña carabela de reconocimiento, sondearon el fondo y colocaron unas pequeñas boyas señalando las rocas para facilitar el desembarco. El teniente de Gobernador Pamochamoso mandó una lancha desde la caleta de Triana pero no dio tiempo a retirar las balizas pues ya algunos barcos ingleses avanzaban hacia tierra, precedidas por unas 47 lanchas de desembarco.

   Las lanchas inglesas se aproximan a la playa en la caleta de Santa Catalina, disparando constantemente sus armas de fuego, pero la arcabucería y los cañones españoles les hacían retroceder. Intentaron tres veces poner el pie en tierra, siendo rechazados sin conseguirlo, pues cuando fueron llegando las lanchas a la playa los canarios, saltando desde sus trincheras, se abalanzaron sobre ellas con el agua hasta la cintura volcando numerosos botes y matando e hiriendo a gran número de soldados ingleses. La acción de la artillería de campo, apostada en la ribera fue singularmente eficaz ese día, bajo la experta dirección del cabo Negrete, pues tirando primero a bala rasa a los navíos y lanchas en formación y disparando más tarde verdaderas rociadas de saquillos de bala de mosquete, al aproximarse las lanchas a tierra, sembró la confusión y la muerte por doquier e hizo imposible el objetivo primordial de Drake. Viendo éste el desastre, comienza a darse cuenta de su temeridad y a reconocer las razones de Hawkins, que veía desde su barco con escepticismo los intentos de su Coalmirante. Baskerville insiste ante el Almirante Drake para que le conceda cuatro días más para conquistar la ciudad, pero Drake desiste y argumenta que lo principal es Puerto Rico, poniendo rumbo sur.

   El Castillo de Santa Ana, situado en la caleta de San Telmo, tuvo una acción muy destacada, cañoneando y averiando a cuatro naves enemigas que con rumbo sur se alejaban al fracasar el desembarco. Se calcula que en total murieron cincuenta hombres y cinco naves quedaron con graves desperfectos, por el contrario los defensores sufrieron pérdidas de poca consideración.

   La flota derivó hacia el sur y fondeó un día en la rada de Arguineguín con la intención de hacer aguada. “necesitando los ingleses hacer aguada para proseguir su viaje, deciden hacerlo cerca de Arguineguín. Mientras el General español ordenó que seis soldados siguieran la navegación de los barcos por la costa, para si desembarcaban a tomar leña o agua, poderles coger algún prisionero que diese cuenta del origen y propósitos de aquella armada”. El 7 de octubre los seis soldados a quines se les habían unido algunos pastores canarios, observaban escondidos los movimientos del enemigo. El domingo 8 Drake desembarcó con 500 tripulantes, hizo levantar su tienda y pasó el día disfrutando de las delicias del otoño canario, bañándose en la playa y tocando música. Pero al subir la marea el capitán inglés Greminston, que iba en un bote con diez soldados desembarcara algo alejado de la cabeza de playa. Los canarios cayeron en tromba sobre ellos y a base de palos y pedradas dejaron a nueve muertos y huyeron con los dos restantes hechos prisioneros. Entre los muertos estaba el capitán inglés. Este ataque imprevisto obliga a Drake a reembarcar sus tropas precipitadamente ante el temor de un ataque en masa, abandonando Gran Canaria aquella misma noche con dirección a la Gomera, donde acabó la provisión de agua sin ningún incidente.

   Los prisioneros suministraron información sobre quienes eran los atacantes y sus intenciones lo que permitió enviar un velero ligero a Panamá para prevenir a sus defensores. Ello dio lugar al fracaso de los varios ataques que llevó a cabo la Armada británica a dichos puertos, entre ellos al de San Juan de Puerto Rico. En las afueras de éste falleció, a bordo del Garland, el pirata John Hawkins, a consecuencia de una epidemia que se había declarado en la flota.


MAL ACABA LO QUE MAL EMPIEZA.

   A pesar de este suceso Drake continuó con sus planes de intentar capturar el tesoro Almacenado en San Juan, pero fue rechazado una vez más, con grandes pérdidas. En vista de lo sucedido, la Armada puso rumbo a Panamá, atacando Río de La Hacha y Cartagena de Indias. Drake ordenó desembarcar en Nombre de Dios pero no encontró tesoro alguno. Efectuó un nuevo desembarco en el istmo de Panamá para tratar de hacerse con el tesoro que transportaban las reatas de mulas, sin lograrlo.

   La disentería se había propagado con rapidez entre los tripulantes de los barcos. El 28 de enero de 1596, el pirata Francis Drake falleció a bordo del Defiance víctima de dicha enfermedad. Su cuerpo fue lanzado al mar en un ataud de plomo en las cercanías de Puerto Bello, Panamá.

   Baskerville, consciente de su incapacidad de continuar la misión encomendada, decide regresar a Inglaterra con las ocho naves que le quedan de las veintiocho que salieron de Plymouth en septiembre de 1595. El desastre llena de luto a Inglaterra. Drake, independientemente de su gran error al no dirigirse directamente al Caribe, pagó caro el desconocimiento que tenía de las fortificaciones y refuerzos que Felipe II había efectuado en los últimos años en todos sus dominios.

   La paz con Inglaterra no se consiguió hasta la muerte de Isabel I, a quien sucedió en el trono el Rey Jaime de Escocia, hijo de María Estuardo, que unió las coronas de Escocia e Inglaterra.